El proyecto

Maletas para volver se fundamenta en una premisa esencial: el acceso al patrimonio es un territorio común al que todas las personas tienen derecho. La gestión cultural nos enseña que, para que un legado perdure, primero hay que experimentarlo, conocerlo y valorarlo. Nuestro proyecto traslada esta lógica del cuidado al ámbito humano.

Sostenemos que la identidad, al igual que el patrimonio inmaterial, necesita ser acogida y validada para enraizar y desarrollarse. Esto cobra una relevancia vital cuando acompañamos a personas adultas que atraviesan procesos de malestar psíquico, momentos donde la conexión con la propia narrativa vital requiere un cuidado especial para sostenerse.

Un enfoque humanista centrado en la persona

Nuestra perspectiva es decididamente humanista. Miramos a cada persona más allá de su diagnóstico clínico, reconociéndolo como un sujeto activo, portador de un bagaje único repleto de historias valiosas.

La metodología:
Abrir el equipaje de la memoria

Nuestra metodología se vertebra en torno al concepto de “maletas patrimoniales”. En los talleres, trabajamos con recuerdos, objetos, saberes, costumbres, tradiciones que forman parte del equipaje —arraigados principalmente en el contexto más próximo—. Estos elementos no son fines en sí mismos, sino catalizadores que activan un diálogo profundo entre el paisaje cultural colectivo y las trayectorias biográficas individuales.

A través de diversos lenguajes artísticos —como el collage, la fotografía, el video, la escritura o la pintura—, se facilita un proceso adulto de reconstrucción y resignificación de los momentos clave de la vida: la infancia, el desempeño de oficios, las celebraciones compartidas, los aprendizajes, la gestión de las pérdidas y la conciencia del legado.

Hacia la conexión y el sentido compartido

Este proceso artístico y emocional contribuye a fortalecer la autoestima, la capacidad de expresión simbólica y el vínculo con el entorno. El taller se configura así como un espacio seguro para la creación y el pensamiento crítico, donde la memoria individual trasciende el ámbito privado para transformarse en una experiencia comunitaria, dotada de nuevo sentido.